
¿A qué huelen las mamás en la madrugada?
Las del campo, a café, a humo, a leña, a sumisión, a amor, a dolor, a fatiga, a resignación...
Por ello las madres del campo, como la mía, huelen a eso añadida la fe, la esperanza, la lucha, a misericordia, a refugio...
Mi madre se llama Amor. La inscribieron al registro civil con el pseudónimo de Ángela, pero ella, ella se llama Amor. Mi viejita es una escalera enorme por donde todos nosotros, sus hijos, subimos a la vida. Dejamos de ser las piedras mediocres para hacernos mujeres y hombres de virtudes enraízadas. Mi madre, se forjó en el campo, ella bien sabe de las madrugadas en las que "una se tiene que parar, para hacerle el desayuno a tu papá que iba a labrar la tierra" mi madre sabe de los años y de cómo sabe cada uno de ellos, a qué huele...Por qué son.
A mi madre no le dieron manuales, ni de cómo venir a la ciudad y poder ser feliz, ni tampoco de cómo hacer que sus hijos fueran mejores que ellos. Ella siempre temió no ser la mejor, pero lo fue, porque es la mía... Porque yo vi el sudor de su frente resbalarse mil veces cargandome porque no había dinero para irnos en transporte público. La vi llorar y por dentro me deshice cientos de veces queriendo saber por qué lo hacía y nunca, pero nunca me dijo que algo le dolía. La vi esconderse para que no nos diéramos cuenta de que la edad estaba acrivillándola con las reumas. Y siempre con la frente en alto, como las verdaderas Mujeres, como toda una madre. Estoica y vuelta loca por vernos crecer. Por vernos convertidos en Mujeres y Hombres de bien. Y ya sé que mi madre es MEDIO enojona, y nos manda al carajo cada que la hartamos, y que la hacemos rabiar, pero ella, sin embargo dentro de sí, nos guarda una absolución, todo lo perdona, todo lo da por simples travesuras de sus niños engrandecidos... Y no le importa que entre sus hijos hayan Ateos y herejes (Presente) porque su fe alcanza para todos. Tampoco le importa que digamos groserías, porque su voluntad nos alcanza para lavarnos la boca con jabón de su tolerancia y su buena actitud. Mi madre es un refugio enorme, lo aprendió de su madre, mi abuela, que ha sido su mayor ejemplo, el mejor.
Mi madre es de la madera que yo quisiera ser. De árbol más fuerte, del árbol canela, con raíces profundas, con ramas que tocan el cielo y que también saben rendir reverencia. Mi madre es mujer, es amiga, es hermana, es maestra, esposa, abogada, cómplice... Mi madre a los sesentaitrés años, sigue siendo la mujer impositora que a pesar de todo, siempre guarda su ternura en lo más profundo de sus ojos, de esos que he visto pocas veces llorar... Sigue siendo la sonrisa precabida, la mujer de las arrugas y de los años largos, de los campos aquellos donde preparaba tortillas, donde hacía pozol, y atendía con esmero a sus en aquel entonces ocho hijos... A mí me tuvo al final y agradezco el gesto de vida, porque ya podemos sentarnos a ver el pasado como una vieja película del cine que nunca fue a visitar.
Karla Tamayo...
Las del campo, a café, a humo, a leña, a sumisión, a amor, a dolor, a fatiga, a resignación...
Por ello las madres del campo, como la mía, huelen a eso añadida la fe, la esperanza, la lucha, a misericordia, a refugio...
Mi madre se llama Amor. La inscribieron al registro civil con el pseudónimo de Ángela, pero ella, ella se llama Amor. Mi viejita es una escalera enorme por donde todos nosotros, sus hijos, subimos a la vida. Dejamos de ser las piedras mediocres para hacernos mujeres y hombres de virtudes enraízadas. Mi madre, se forjó en el campo, ella bien sabe de las madrugadas en las que "una se tiene que parar, para hacerle el desayuno a tu papá que iba a labrar la tierra" mi madre sabe de los años y de cómo sabe cada uno de ellos, a qué huele...Por qué son.
A mi madre no le dieron manuales, ni de cómo venir a la ciudad y poder ser feliz, ni tampoco de cómo hacer que sus hijos fueran mejores que ellos. Ella siempre temió no ser la mejor, pero lo fue, porque es la mía... Porque yo vi el sudor de su frente resbalarse mil veces cargandome porque no había dinero para irnos en transporte público. La vi llorar y por dentro me deshice cientos de veces queriendo saber por qué lo hacía y nunca, pero nunca me dijo que algo le dolía. La vi esconderse para que no nos diéramos cuenta de que la edad estaba acrivillándola con las reumas. Y siempre con la frente en alto, como las verdaderas Mujeres, como toda una madre. Estoica y vuelta loca por vernos crecer. Por vernos convertidos en Mujeres y Hombres de bien. Y ya sé que mi madre es MEDIO enojona, y nos manda al carajo cada que la hartamos, y que la hacemos rabiar, pero ella, sin embargo dentro de sí, nos guarda una absolución, todo lo perdona, todo lo da por simples travesuras de sus niños engrandecidos... Y no le importa que entre sus hijos hayan Ateos y herejes (Presente) porque su fe alcanza para todos. Tampoco le importa que digamos groserías, porque su voluntad nos alcanza para lavarnos la boca con jabón de su tolerancia y su buena actitud. Mi madre es un refugio enorme, lo aprendió de su madre, mi abuela, que ha sido su mayor ejemplo, el mejor.
Mi madre es de la madera que yo quisiera ser. De árbol más fuerte, del árbol canela, con raíces profundas, con ramas que tocan el cielo y que también saben rendir reverencia. Mi madre es mujer, es amiga, es hermana, es maestra, esposa, abogada, cómplice... Mi madre a los sesentaitrés años, sigue siendo la mujer impositora que a pesar de todo, siempre guarda su ternura en lo más profundo de sus ojos, de esos que he visto pocas veces llorar... Sigue siendo la sonrisa precabida, la mujer de las arrugas y de los años largos, de los campos aquellos donde preparaba tortillas, donde hacía pozol, y atendía con esmero a sus en aquel entonces ocho hijos... A mí me tuvo al final y agradezco el gesto de vida, porque ya podemos sentarnos a ver el pasado como una vieja película del cine que nunca fue a visitar.
Karla Tamayo...

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