Las pequeñas mentiras y las grandes, y queremos gritar y en la garganta se desvanece el grito: desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen.
-Octavio Paz-
El silencio es signo. La sustancia que todo lo habita, se expande, se reduce, se traduce, se propaga. Es abstracto y universal, es adjetivo y es sustantivo. El silencio es más bien el apalabramiento del silencio mismo, es a su vez el ejercicio del pensamiento, transmutado en una entidad de causa y consecuencia. No necesita significantes, le basta con significados. Es pues la Palabra misma aunque, en correspondencia recíproca como entidades desprendidas: particulares, puesto que el poder de la palabra, está en el silencio. Pero el silencio no es sencillamente un reconocimiento mental, un registro de la palabra en acción. Por ello la realización de apartados. Es necesario enunciarlo bajo distintas atmósferas.
Silencio cromático: La pintura es silencio. Es la imagen pura y descriptiva del significado. Una abstracción de la realidad bajo los tonos colorifragos, es decir tonos que aspiran, absorben matices y los engullen enviando fuertes enunciados de mensajes. Basta con situarnos en la Gioconda, el artista plasmó en ella silencios; signos. Si observamos de manera más o menos superflua a la pintura hallaremos un halo lúgubre en el gesto tajante de resignación absoluta. Otros, -porque el silencio es un lenguaje relativo- pueden encontrar gestos distintos inclusive opuestos. Todo depende de la concepción, el contexto imaginativo, la percepción que nos aproxime a ella, así delimitamos el mensaje o la obstancia que nos dirija a una imagen mental de lo que se muestra, es decir decodificamos. El contexto pictórico es importante, la fusión de luz y sombra. El fondo presenta una idea lóbrega, fácil será entonces despojar una idea de una sociedad, civilización en conjunto con sus características. Redundando, uno es capaz de sustantivar los matices reunidos en la pintura, materializar y apropiarnos de esa materialización mental. Los colores pues, son aliados del silencio, son silencio mismo.
Sucede de igual forma con el silencio como figura, en la fotografía. La fotografía nos adentra a la realidad de dos planos, no así a una realidad plana, sin embargo. Ella está suscrita a condensar un momento, un silencio de pausa que nos “dijo” algo. También en afán de materialización y acepción. El enfoque, la luz, etcétera. Así se llega al retrato, el retrato nos dibuja y nos desdibuja. ¿Cómo puede un retrato contar nuestra historia?, el ser que habita el retrato, si este es nuestro, arroja una cantidad de reminiscencias y nos relata paso a paso detalles que olvidamos en el cajón del subconsciente. Allí se alojan nuestros argumentos, el recuerdo. El retrato sabe más de uno, que sí mismo. Se revela como cuenta historia personal. Allá en lo que fuimos y no hemos dejado de ser.
Silencio desnudo: En este apartado, hallamos el silencio más nítido, el de los símbolos en unidad idílica. Los cuerpos desnudos gritan todas sus pasiones a rojo vivo, dentro de una boca que vale más cerrada. La sugestividad de lo natural, enraíza los más bajos instintos, los condensa y luego, los expresa. La desnudez es un ritual sonoro, un ritual donde la pausa, el efecto, la nota muda son medios de viaje. El tren del silencio encamina, une, motiva. Une, sí, une: funde entonces, así se conecta con el matiz, pues la desnudes es una pintura que palpita signos. La poesía por lo menos encuentra un refugio intenso en ella para formularse caminos e irrigarse con cadencia. En sonido, en silencio.
Silencio visual: El cotidiano. Se instala e impera en los ojos. Allí anidan todas las respuestas necesarias. Esas que requieren de ser contadas, a todas horas, porque cuentan la verdad. Un gesto tibio, languidecido, escueto incluso, son parte de un panorama triste, desamparado. Empero, si esto es sólo una ficción, los ojos pueden denunciarnos ante cualquiera que quiera interpretarlos. Entonces veremos caer nuestra mentira. Puesto que la alegría es un síntoma de vida que difícilmente podemos ocultar. Ya que es un fragorososilencio casi evidente. Los ojos son el reflejo del alma, reza un adagio popular, así es que, el alma es entonces Silencio.
Silencio sensorial: En las manos guarecen historias. Uno va por la vida recogiéndolas de los cuerpos, de las formas, de las texturas. Las manos son un registro táctil, una memoria táctil. Allí hay información necesaria para decodificar. El contacto con el tronco de una palmera, por ejemplo, está inscrita en el recuerdo táctil, si uno la ha tocado alguna vez, al decir palmera creamos una imagen mental de lo que es, incluida su textura, el olor, el color, la forma, el movimiento, así que el oído, la vista, el tacto y el olfato, juegan un papel importantísimo para la acepción del signo: del Silencio. En un libro por ejemplo, hallamos silencio. Las hojas que nos permiten aproximarnos a su edad, por medio del color y el olor. A demás del discurso contenido en él, que recrea pasajes imaginarios. Silencios a pedir de boca, a pedir de libro. El libro en un capacitor pletórico de tiempos, mundos, es el portador callado de la Palabra. Así pues que un libro es también silencio y contiene silencio. Las hojas sudan edades por los poros y costras fermentadas y sepias que bajo el silencio táctil uno puede arrebatárselo y llevárselo en el bolsillo de la memoria. Algo similar ocurre con la sábana blanca. Uno, puede definirla con respecto a la experiencia previa, la invoca y la conoce. La sábana blanca es sin duda, experta en aquello que uno llama comodidad. Sabe su textura y la describe, sabe su olor y lo reconstruye, sabe de su silencio y lo enuncia. El silencio sensorial nos adentra a un silencio más profundo, el de uno mismo. Cuando calla, dentro de uno surgen discursos afanosos e intensos. El silencio en el mar. Tiene más de dos caras, el crepuscular matinal por ejemplo, es sin duda el más quieto de todos. Uno sabe de la arena y su silencio de huellas, uno sabe del agua y su silencio perpetuo y fluctuante, de su clima y su brisa que cuenta cuentos náufragos. Pero en el crepúsculo matutino el silencio es armonizado por el de las aves que en su vuelo llevan normas sonoras, y arrojan a nosotros sonidos, pausas. Por la tarde el contexto marítimo es otro, su silencio es otro. El ruido colectivo de las voces humanas, del oleaje incesante, de las incisiones en la arena, de los pasos, uno lo escucha todo, y en realidad lo que está escuchando es el silencio pendular, el silencio inerte de la quietud en ruido. El silencio nocturno es quizá el que más se aproxime a la idea del Silencio. La nocturnidad de la mar con su arista, puede significar paz, el cielo enternecido por la oscura parsimonía de las horas, la ausencia de las voces y por supuesto el desértico modo de anunciarse. Allí se halla el silencio perpetuo con olor a sal, a marisma, profundidad. Uno puede oler entonces el silencio más corrosivo, el que nos manda directo al diálogo personal, el de uno con uno mismo. Es una certeza. Una respuesta, una pregunta, una verdad. El conjunto de todos los sonidos es silencio, lo mismo que el conjunto de todos los colores es blanco, el silencio entonces es blanco. Entonces ¿por qué nos asiduamos la idea de que el silencio tiene más correspondencias con lo negro? Es sencillo, el blanco es la fusión de todos los colores, el blanco lo es todo, todo viene de la nada, el negro es ausencia: nada. Hay una relación estrecha y la línea que divide dicha correspondencia es casi imperceptible.
Silencio musical: El silencio está en la música como causa de ella. Es pausa, allí está dicho: Pausa. ¿Música es una suseción de sonidos o una continuidad de pausas? Lo segundo es más aproximado. Cada figura musical tiene su silencio. El sonido se caracteriza por tener altibajos. En una explicación primitiva y más que eso, empírica: el sonido no es plano, ni es tampoco redondo, más bien es amorfo. Es perfecto, se introduce entre notas y crea huecos que llena de ritmo. Así pues que le da equilibrio, la tapiza de equilibrio, es equilibrio. No es sólo una nota no ejecutada, es una nota necesaria bien ejecutada. El silencio es música, es espíritu de la música, lejos por supuesto de parecérsele al espíritu santo, porque claro, el silencio no lo es, es más bien el opuesto.
Silencio y demonio: Es el conjunto de todos lo silencios, que no son más que uno solo. El silencio transitorio es vida. Todo está representado con signos, y estos experimentan con habitualidad el ejercicio de contacto y concepto con y de la realidad: las obstancias. El silencio como espíritu es fuerza, dios es paz, por lo tanto el silencio no es dios. Sino un demonio que todo lo habita, que a todo le da vida. Es hereje, ateo y huérfano. ¿Quién creó al silencio cuando la nada existía?, está claro que es un axioma, nada pudo crearlo, estaba y ya. De él brotaron las cosas, aún recuerdo una frase en el génesis que pésimamente recuerdo y decía más o menos así: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el espíritu de dios aleteaba sobre las aguas” La nada, allí está, era el todo vuelto nada, y todo estaba en silencio, sin duda. ¿Quién entonces hizo el silencio, si dios no se ocupó de ello?, yo al menos no, sólo trato de entenderlo y a veces de manipularlo, y ¿quién no ha querido hacerlo? el que esté libre de culpa que tire la primera piedra.
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